Suelo ir al mercadillo. Y voy no tanto para comprar, que también, como para ver gente. Siempre he creído que el mayor y más instructivo espectáculo es ver a la gente. Su caminar, la ropa y el calzado que usan, el aspecto de la cara, los gestos, el examen de los escaparates (en el mercadillo de los expositores), el tono de voz, todo lo que nos hace diferentes a unos de otros, los pequeños y raros sucesos que acontecen en la vía pública me enseñan más sobre las personas que los más sesudos tratados de sociología o psicología. No es éste el lugar ni el momento de exponer lo que aprendo viendo a la gente. Me limitaré a exponer dos hechos de los que o he sido protagonista o me han contado.
Primero. Hace unas semanas iba yo fumando tranquilamente por el mercadillo porque no quiero morirme sano y una pareja de policías municipales me preguntó con toda seriedad que si no sabía que estaba prohibido fumar allí. Les dije que no, que aquello me parecía que era un espacio abierto donde según la ley se puede fumar, que en caso contrario me lo aclararan. Me respondieron que la ley antitabaco prohibía expresamente envenenarse en los mercadillos. No he tenido ganas ni tiempo en comprobar si los polis decían la verdad.
Segundo. El pasado día 11 de febrero vi a un concejal de UPyD en nuestro ayuntamiento repartiendo papeles. Me extrañó porque los partidos políticos no suelen hacer esto más que en época de elecciones. (Hubiera dado lo mismo se fuera de otro partido) (Hubiera dado lo mismo se fuera de otro grupo político). Le mostré mi extrañeza y me dijo que estaban dando un boletín de su partido con información municipal. Le di las gracias por ese interés en informar a los vecinos. Me respondió que lo hacían a pesar de que los mandamases locales querían impedírselo y que por ello había ido la policía municipal a pedirle el permiso para hacer ese reparto.
No pongo en duda de que los policías estaban haciendo cumplir las leyes. Lo que pongo en duda es la racionalidad de esas leyes, si es que realmente dicen lo mismo que los polis.
Comenté esos dos hechos anteriores, sin demasiada importancia aparente, con mis compañeros de tertulia y nos enzarzamos en un serio debate sobre algo tan esencial como es la libertad y la regulación que de ella hacen las disposiciones legales.
Alguien recordó la definición tomista de la ley como “ordenación de la razón, dirigida al bien común, promulgada por quien tiene encomendado el cuidado de la comunidad”. Es decir: toda ley es una limitación (una ordenación) de la libertad, pero para que sea justa ha de ser racional, procurar el bienestar de la mayoría y haber sido dictada por la autoridad legítima.
Todos admitimos la legitimidad de los promulgadores de las respectivas leyes (ley antitabaco o prohibición de repartir boletines políticos en el marcadillo); pero discutimos muy seriamente las otras dos condiciones de la ley: la racionalidad y el bienestar de la mayoría.
Las dos prohibiciones nos parecieron bastante irracionales. Es cierto que el tabaco perjudica y molesta a los no fumadores, pero ¿no molestan, e incluso puede que perjudiquen, los perfumes baratos y penetrantes que algunas personas usan y que a los demás nos parecen insufribles? ¿Hemos de dictar por ello una ley antiperfumes baratos? Es evidente que esto último a todos nos parece irracional. ¿Y lo del tabaco,no?¿ No sería mejor que a todos nos hubiesen educado a ser respetuosos con los demás y practicar lo que algunos, en tono de humor, llaman el undécimo mandamiento: no molestar? Parece ser que no, los jerifaltes nos consideran siempre menores de edad y en consecuencia ejercen el ordeno y mando porque sí, porque salvo ellos ninguno sabemos lo que hacemos.
Pero, en fin, la ley antitabaco puede tener alguna racionalidad. Lo que ya no la tiene y es un grave atentado a la libertad, aunque por su escasa entidad no lo parezca, es que un partido político que ostenta la representación legítima de parte de la ciudadanía no pueda exponer sin ninguna cortapisa sus ideas en lugar, tiempo y forma que no perjudique a nadie. Este tipo de prohibiciones irracionales es un tic totalitario que tienen todas las autoridades (sin excepción y más aún cuando disponen de mayoría absoluta en las cámaras nacionales, regionales o municipales) y que es preciso denunciar y combatir por cualquier medio legal. ¿Será eso, el ordeno y mando totalitario e irracional, la esencia de la llamada erótica del poder?
En resumen: que el mercadillo siga siendo un espacio de libertad donde los ciudadanos podamos hablar libremente con nuestros representantes y estos con nosotros. Y que los mandamases del ayuntamiento no se pasen y sientan la erótica del poder de forma más racional y menos caprichosa.
