Un país a la deriva

Por Arturo Gómez Quijano el May 30th, 2010 y publicado en Opinión. RSS 2.0.

Este es un medio de comunicación local y, como tal, sus informaciones suelen estar referidas a la agenda local y a la opinión sobre aquellos hechos de interés que suceden en Pozuelo. Pero la realidad de Pozuelo no puede sustraerse a una realidad mayor que le afecta: este país llamado España. A ella también nos debemos desde este Mirador. Lo nacional siempre es local, sobre todo en Madrid.

España se encuentra hoy en la mayor crisis económica, política e institucional, social en definitiva, desde la Transición. El sistema económico está en recesión, y en cuestión, y el 20% de nuestra población activa está en paro; sus principales instituciones democráticas y los políticos que las dirigen, carecen de margen de credibilidad para la opinión pública, que los percibe a muchos de ellos como corruptos, incompetentes y alejados de la realidad; y los valores de convivencia en los que se debería sustentar nuestra sociedad están muy deteriorados o en quiebra: justicia, solidaridad, honestidad, confianza, educación, unidad, respeto…

Hay quien pensará que es un panorama exagerado. Es posible. Esta es una columna de opinión y, como tal, solamente representa lo que yo pienso. Nada más. Pero miren, los analistas económicos coinciden en señalar que el pasado 7 de mayo, nuestro país entró en quiebra. Nadie lo ha negado hasta ahora. Los gobiernos de la Unión Europea y de los Estados Unidos, “nuestros jefes”, nos llamaron al orden. Deben ser los que mandan, pues hemos actuado exactamente según nos han dicho. A su dictado, el gobierno de la nación ha aprobado una reforma que va totalmente en contra del programa con que le permitió ganar las elecciones. Como grupo mayoritario, en el Congreso, ha votado a favor del plan, pero en contra de sí mismo. El principal partido de la oposición, que está a favor del plan y que coincide con su programa electoral, ha votado en contra. Y un grupo nacionalista catalán, que dice que está a favor del plan, se ha abstenido de votar argumentando que el gobierno está acabado, pero que antes tiene que llevar a cabo el plan y por eso se abstiene, para que lo pueda hacer.

Como siempre, les traslado algunas preguntas, que me surgen, para reflexionar sobre este tema. Preguntas para que, cada uno de ustedes, completen con su propia opinión esta columna.

¿Cómo se puede mantener en el poder un partido que vota contra lo que le ha permitido alcanzar ese poder? ¿Qué le sostiene desde ahora? ¿Cuánto puede durar?

¿Cómo puede alcanzar el poder un partido en la oposición que vota contra lo que cree que se debería hacer, y que seguramente haría si gobernase? ¿Qué le va a llevar entonces al poder?

¿Cómo se puede defender que un gobierno que se dice acabado lleve a cabo el plan? ¿Por qué se sostiene a ese gobierno acabado? ¿Se convierte en corresponsable el que lo sostiene?

Esta es la coyuntura de este mes. Pero la situación general no es mejor. Y así, no parece que vaya a mejorar. Nuestros socios europeos, y americanos, no confían en nosotros. Los mercados no confían en nosotros. Tenemos todavía varios muertos en el armario. Hemos perdido el crédito. Las reformas aprobadas son insuficientes para cambiar el rumbo de las cosas. Carecemos de un proyecto y, lo que es más preocupante, no estamos unidos para afrontar esta situación y no estamos convencidos de que debamos estarlo. La sociedad sigue mirando para otro lado, mientras cada uno de los actores de esta farsa trata de mejorar su situación particular, olvidando todos el bien común.

En los momentos críticos es cuando se necesitan liderazgos claros, auténticos, comprometidos, transformadores, que ayuden a salir mejor de esa situación. Ni están, ni se les espera. No vemos a nadie, ni a nádienes, capaz de asumir este reto, aunque quien lo hiciera obtendría un enorme beneficio. Queda pendiente, por tanto, la imprescindible tarea de plantearnos nuestro proyecto común para la próxima generación, nuestro futuro juntos en este país llamado España. Quizá no sea ahora el mejor momento. ¿O sí? Por ahora, somos tan solo, un país a la deriva.

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