Vivo en Pozuelo desde hace mas treinta años, como sabrán algunos de mis lectores.
El trabajo, sin embargo, me lleva a veces muy lejos de Pozuelo. Ahora escribo este artículo desde Marruecos. Estoy haciendo un estudio de mercado, entrevistando a empresarios marroquíes. Cuando quiero hablar con ellos de las relaciones España-Marruecos les digo que mi empresa está en Pozuelo. Hoy en día todo el mundo musulmán, mas de 1.000 millones de personas, sabe donde está Pozuelo y la historia del velo. Ya escribí, en otra ocasión, que me enteré en Moscú de los disturbios en las fiestas de Pozuelo. El mundo es global y Pozuelo ya está en el mapa. Algunos empresarios marroquíes piensan que esta polémica del velo no es más que una cortina de humo, para tapar nuestros problemas de la crisis.
A lo que vamos, ¿cuál es el problema del velo? Llevo más de dos semanas trabajando en Marruecos. He estado en Rabat, la capital política, en Casablanca la capital económica y en Skhirate una ciudad cercana a Rabat, un poco más lejos que Pozuelo de Madrid. La mayor parte, 90% de las estudiantes de instituto que he podido ver, en estas tres ciudades, no llevan velo, tan solo una pequeña minoría. La polémica del velo de Pozuelo que tenemos en España no existe en Marruecos. Es una anécdota. Las jóvenes marroquíes de 14 años, como todos los jóvenes de su edad, son rebeldes hoy, quieren ser modernas y no llevan velo. Somos un poco ignorantes, y me incluyo, y desconocemos lo que todo esto significa. Para colmo, nuestros medios de comunicación siguen la polémica minuto a minuto, como si fuera la cuenta atrás de la declaración de la Tercera Guerra Mundial. Absurdo. Sin sentido. ¡Con los problemas tan importantes que tenemos!
Por esta razón, porque me parece absurdo, quiero compartir con mis lectores una experiencia, y hablarles de otro velo que he visto y he vivido en Marruecos. El velo de las Misioneras de la Caridad, el sari de las hermanas de la Madre Teresa. Son monjas. Católicas. Radicales. Coherentes. Según la Madre Teresa, “Calcuta está en todas partes”. Y actúan en consecuencia. Acogen en su hogar a musulmanas, madres solteras, cuyas familias se sienten deshonradas por el embarazo fuera del matrimonio, y cuyos padres y hermanos, machos, les obligarían a abortar si lo supieran o las encontraran. Pero ellas, las madres, no quieren abortar. Que la mujer decida, que diría Bibiana Aído. Y deciden llevar a término, con todas sus consecuencias, el embarazo y tener a su hijo, deseado o “no deseado” que diría nuestra ministra de igualdad, pero hijo suyo al fin y al cabo, y ser humano, nos cuenten lo que nos cuenten quien nos lo cuente. Las Hermanas de la Caridad defendiendo la vida con su propia vida, ya que corren un riesgo físico real. Es difícil localizar su dirección y no dan información por teléfono a nadie. Por si acaso. Si los padres o hermanos las encontrasen quién sabe lo que serían capaces de hacer, por “su honor”.
Las Hermanas de la Caridad llevan su velo en un país en el que está prohibido hacer proselitismo de otra religión que no sea el Islam. Acaban de expulsar de Marruecos a cristianos norteamericanos, a pesar de las protestas de su embajada, bajo sospecha de convertir a musulmanes. Las Hermanas de la Caridad no convierten en cristianas, ni siquiera lo pretenden, a las musulmanas embarazadas. Incluso les prohíben pasar a la capilla. Si lo hicieran las expulsarían del país. Les basta con que no aborten y que esa criatura viva. Pero esta no es su ocupación principal. Su principal negocio consiste en ir a los hospitales a cuidar, limpiar y dar cariño a aquellos “pacientes” que el sistema rechaza, abandona y da por perdidos, de los que ni médicos ni enfermeras quieren saber nada de nada. Entre otras cosas porque les repugna su estado y les dejan morir. Con su sari, con su velo, recorren los hospitales buscando a quien no tiene a nadie que le cuide y le acompañe en su agonía. “Calcuta está en todas partes” decía Madre Teresa. También en Marruecos. Y mientras, nosotros discutiendo sobre auténticas chorradas. Horas y horas y más horas. Energía desperdiciada. Y un moribundo dice en un destartalado hospital marroquí “Tengo sed”. Y un ser humano envuelto en un velo blanco con rayas azules, moja sus labios en una sonrisa. Es la hermana Gabrielle, que ilumina con su amor de Dios aquella sala donde un hombre acaba de morir. Que Alá les bendiga.
