Realizaba una de tantas engorrosas gestiones bancarias la semana pasada cuando me topé en la avenida de Europa con un hombre vestido de verde subido a una motocicleta. Iba el tipo perfectamente equipado con su casco y sus letras indicando su pertenencia al Ayuntamiento de nuestra insigne gran ciudad. Y llevaba el motociclo adosado un tuvo como de aspirador. Todavía no había terminado yo de espiar todos los artilugios aparejados al vehículo cuando el hombre lo detuvo delante de un mondongo canino y, extrayendo el tubo, procedió a aspirar el excremento.
No es que asombre el hecho de que Pozuelo cuente con unidades de limpieza de residuos caninos -se debe de llamar así o algo parecido-, pero me pareció singularmente grave que tenga que haber toda una industria de fabricación y retirada de mierda de perro. Cientos de miles de euros porque a los propietarios de los perros no les da la gana llevar consigo una bolsita y proceder a recoger la caca cuando su perro defeca. Saben lo que les digo, que yo en esto sería inflexible, durísimas multas para el dueño del perro que sea observado defecando en la vía pública. Más multas y menos motocacas. O que habiliten a los vigilantes de la zona azul para multar también a los dueños de los perros que arrojan su excremento y “olvidan” recogerlo. No podemos seguir gastando nuestro dinero de ricos en motos recogedoras de cacas. Lo que tenemos que hacer es educar a quienes en todo su derecho deciden compartir su vida con un perro. Eso sí, que no nos obliguen a nosotros a compartir la nuestra con la mierda de su perro.
