No termino de salir de mi asombro por la polémica por la utilización del pañuelo islámico en el Instituto Camilo José Cela. No entiendo que una cuestión tan sobrepasada en un país tan inmediato a nosotros como Francia no haya sido resuelto todavía en España.
Pero, sobre todo, no entiendo, cómo hay en nuestro pueblo tanta gente que esquiva cuando y cuanto puede al sentido común. A esos profesores que han impedido a esa niña entrar en el aula con un pañuelo sobre la cabeza les pregunto: ¿Habrían hecho lo mismo si la chica fuera una novicia de una orden católica? ¿Le habrían obligado a la aspirante a ser monja a descubrirse la cabeza?
Creo que todo este asunto se está conduciendo, insisto, con escaso sentido común. Después de décadas como docente, les diré lo que yo habría hecho. Primero habría hablado a con la alumna y le habría pedido unas semanas para tratar la situación en el consejo escolar del centro. Luego se lo habría expuesto a los miembros de dicho órgano y, por último, le habría comunicado a la niña sus opciones.
Dirán quienes están inmersos en este marasmo que resulta muy fácil hablar a posteriori. Que las cosas no son tan sencillas en la realidad. Y seguro que tienen razón. Pero la realidad de la presencia de musulmanes en nuestros centros escolares no es de ayer ni de anteayer. ¿Por qué a nadie en la comunidad escolar se le ocurrió preverlo en los innmerables casos en que sucedió en otros lugares?
Y qué me dicen del Ayuntamiento en todo esto. Ni está ni se le espera.
