Nadie se puede alegrar en un país democrático por el cierre de un medio de comunicación. Si, como es el caso de La Voz de Pozuelo, éste era la memoria viva de la Transición y testigo de privilegio en la evolución de nuestro municipio, mucho menos aún. Por eso no puedo por menos que aportar mi lamento al cierre de esta revista local, la de más larga trayectoria en este pueblo que pierde las tradiciones casi tan rápido como crecen los adosados.
Al margen de sus contenidos o su diseño, de su forma de trabajar o su línea editorial, quiero enviar mi más sincera enhorabuena por el trabajo realizado durante todos estos años a las personas que con mucho esfuerzo han derrochado su tiempo,sus ganas y conocimiento en esta columna vertebral de la comunicación pozuelera durante más de 25 años.
Es una lástima que la situación económica haya terminado por imponer la dura realidad de un municipio, que con más de 80.000 habitantes, nunca ha mostrado especial interés por potenciar la existencia del debate ciudadano a través de medios de comunicación independientes. Porque la realidad incontestable de esta ciudad es que a la inmensa mayoría de sus residentes les importa poco lo que sucede más allá de las cuatro paredes de su domicilio y en su camino hasta su puesto de trabajo en Madrid.
No se trata de buscar excusas. Los motivos de la desaparición de La Voz hay que buscarlos en el precio del papel y la escasez de empresarios con disposición a publicitarse en las publicaciones locales. Pero tampoco hay que ocultar las enormes dificultades de hacer cualquier clase de periodismo en este Pozuelo nuestro, donde más de la mitad de sus residentes ignora siquiera el aspecto de su alcalde e incluso la ubicación de su Ayuntamiento. Donde la inmensa mayoría de contribuyentes ni se han dado cuenta de las recientes subidas de impuestos ni les preocupan los estratofésricos precios que alcanzan los servicios municipales.
Una verdadera corriente en contra de aventuras como La Voz. A quienes la hicieron posible, gracias.