Pozuelo cuenta desde hace años con un campo de golf que se ha convertido en uno de los favoritos entre los aficionados. A caballo entre la carretera de Húmera y la M-503 y frente al colegio americano, los golfistas intentan relajarse y practicar su deporte favorito siempre que pueden.
Aunque está rodeado por ruidosas carreteras, este campo de golf se ha convertido en visita obligada para los aficionados a este deporte. Y es que, a pesar de estar clasificado como un campo de golf rústico, son muchos los que se acercan para disfrutar de este hobbie que levanta pasiones, sin tener que desplazarse hasta el club de campo o Somosaguas.

Está registrado desde 1994 en la Federación de golf de Madrid como un campo rústico. Sus nueve hoyos permiten no sólo practicar este deporte, sino que además suponen un escape para aquellos que no pueden acudir tantas veces como quisieran a un campo de hierba.
El presidente del club de golf de Pozuelo, Pablo Lucas Rodríguez, charló con MIRADOR al finalizar el recorrido que habitualmente disputan los socios los domingos por la mañana, para explicar que el terreno donde han construido el campo de golf pertenece al Ayuntamiento pozuelero, si bien ellos se encargan de “cuidarlo” y mantenerlo en perfectas condiciones.
Desde los años ochenta un grupo de aficionados y caddies -que llevaban toda una vida rodeados de palos y viviendo este deporte intensamente- cuenta el presidente, se reunían para jugar en los terrenos que ahora forman el parque forestal de Somosaguas, con la construcción del parque perdieron su campo de juego, y se trasladaron a Aravaca, para finalmente acabar en este espacio, en el que se suponía que se produciría la ampliación de la Casa de Campo.
PLANIFICACION DEL CAMPO
Cuando llegaron aquí, cuenta Pablo Lucas, la “mayoría del terreno estaba lleno de escombros, sucio, descuidado” y en un estado de abandono muy importante. Tuvieron que alquilar máquinas para poder desescombrar, pero los miembros del club se organizaron hasta transformar lo que antes era casi “un vertedero” en un campo de golf en el que poder practicar su deporte favorito.
Se dedicaron día a día a limpiar y recuperar la zona para construir poco a poco su campo de golf de nueve hoyos y dieciocho salidas. El trabajo era pesado pues, además de acondicionar el terreno, había que competir con la propia naturaleza, desbrozando el campo y comprando la arena necesaria para el green. Cuidados que todavía son necesarios ya que nunca se puede descuidar un campo rural, pues requiere mucha atención. Por ejemplo, hay que segar el campo varias veces al año para evitar que la maleza invada las calles y destroce todo lo que han conseguido.
Pero estos aficionados han sabido adaptarse bien al terreno y han adaptado el campo de golf a sus necesidades, han aprendido a convivir con liebres e incluso han construido un puente con maderas y alfombras para cruzar sin problemas el arroyo de la Antequina, que atraviesa el campo de arriba a abajo.
El trabajo ha dado sus frutos y ahora juegan al golf en calles de tierra marcadas por palos azules; los obstáculos que tienen que esquivar son las retamas y pequeños arbustos, el green es una superficie completamente lisa de tierra que una vez utilizada se intenta dejar en condiciones óptimas para el siguiente golfista pasando una alfombra para tratar de alisar el terreno completamente.
La cuota que pagan el centenar de socios del club de golf de Pozuelo se utiliza también para acondicionar una pequeña caseta que sirve como bar y en la que guardan los utensilios necesarios para mantener en condiciones óptimas este campo rústico. Además, una vez al mes “se hace un zafarrancho”, según explica el presidente, y los socios del club se acercan hasta el campo para limpiarlo de maleza y mantenerlo en perfecto estado para disfrute de todos.
CAMPEONATOS
Todos los domingos el campo se llena con los socios del club que se acercan para participar en el campeonato semanal, que está perfectamente organizado: se distribuyen en grupos y empiezan el recorrido bien temprano; a la una ya han terminado la mayoría de los partidos y es el momento de desplazarse hasta la sede social del club -que es un bar junto al Ayuntamiento y sirve de punto de encuentro-, para recordar entre risas y cervezas las jugadas más interesantes, y para que los campeones de la jornada reciban su premio.
Los socios están federados y los partidos se organizan siguiendo las reglas impuestas por la federación madrileña de golf. Para pertenecer al club, explica el presidente, hay “una larga lista de espera”; sin embargo, cualquier aficionado puede usar el campo a diario, siempre y cuando lo mantenga “en las mismas condiciones en las que lo encontraron”, y es que estos deportistas tratan de desmitificar “los prejuicios que rodean al golf”, por lo que intentan popularizar un deporte que no quieren que sea sólo accesible a unos pocos.
DEPORTE POPULAR
Juan es uno de esos aficionados que lleva veinte años jugando al golf, llegó a este deporte “por casualidad, porque el médico me recomendó hacer algo de ejercicio”. Desde hace cuatro o cinco años juega en este campo rústico, y aunque hay diferencia con los de hierba reconoce también que es entretenido el poder practicar este deporte de una manera asequible.
En esto coincide con Miguel, que lleva desde los dieciocho años jugando al golf, y para quien este circuito está muy bien “para darse una vuelta al salir del trabajo”. Lo que más le gusta es que “es barato y está muy bien organizado”, aunque el problema es que a veces está muy lleno y hay que esperar turno para poder hacer el recorrido.
Sin embargo, la espera merece la pena y es un auténtico lujo “poder jugar con las vistas de Madrid y de la Casa de Campo como telón de fondo”, como dice Marga, una aficionada que siempre que puede “se escapa para hacer un recorrido” y para quien es un placer disfrutar de estas vistas inmejorables.
Aunque a todos les gustaría poder jugar a diario en campos de golf de hierba, los aficionados piensan que el poder practicar el deporte de sus amores de forma asequible y continuada compensa el tener que hacerlo en un campo de golf casi de secano, con banderas deshilachadas por el viento y tees caseros.
Como no podía ser de otra manera, en un campo de golf tan peculiar, lo que se utiliza como aparcamiento improvisado es el arcén de la carretera de Húmera, al que sobre todo los domingos hay que “llegar temprano”, sobre todo si no se quiere tener que subir a aparcar calle arriba, frente al colegio americano, y bajar cargando con todos los palos, porque en este campo de ex caddies, cada uno carga con lo suyo.
LARGA CAMINATA
Luego hay que llegar hasta el tee del hoyo, marcado por carteles que han visto mejores tiempos. Para acceder a ellos se sube en varias ocasiones una cuesta prolongada, sobre todo en la vertiente que limita con la antena de radio intercontinental, y por fin se puede practicar el swing. Es la hora en la que los palos comienzan a silbar y la competición comienza con toda su fuerza.
Después de recorrer los tres kilómetros de longitud que tiene este campo rústico llega la hora de comparar las tarjetas de los resultados, el par del campo son 36 golpes, aunque se gana con unos 40. Después a estos aficionados sólo les queda seguir el camino hasta el bar, donde se repasan los golpes del día y se organiza el partido de la semana próxima.
Algunos dejan volar la imaginación y piensan cómo será cuando Pozuelo tenga su propio campo municipal con sus calles verdes y cuidadas. Si todo va según lo previsto sucederá dentro de un par de años, lo cual no está demasiado lejos. Indudablemente, se ganará en algunos aspectos, pero se perderá parte de romanticismo que rodea jugar en un campo hecho con tus propias manos.