por Arturo Gómez Quijano.
Como en el pueblo irreductible de la Galia de Astérix y Obélix, Pozuelo vivía plácidamente, lejos de las disputas políticas y de partido, gobernado siempre por corporaciones conservadoras. Un alcalde, que algunos calificaban de autoritario, otros de buen alcalde y del que la gran mayoría no tenía una opinión, regía el pueblo desde su autoridad como arquitecto, profesor, urbanista, político y alto funcionario experimentado. Quizá el mejor alcalde se parezca a los buenos árbitros de fútbol, que son aquellos que actúan pero no se notan. Aquel alcalde dirigía el Ayuntamiento pateando el pueblo, a pie de obra en la calle y con planos en su despacho. La gente le conocía y él conocía a la gente. Se llamaba Pepe Martín-Crespo Muchos protestaban, pero el problema es que no había con qué comparar, pues se pasó veinte años de alcalde, en la etapa de mayor desarrollo de Pozuelo.Hoy sí que tenemos dónde comparar, pues en los últimos seis años hemos tenido tres alcaldes.
En 2003, desembarcaron los genoveses. No es un término peyorativo, sino descriptivo. En Pozuelo dejó de mandar el PP de Pozuelo y empezó a mandar el PP de Génova. Algo más que una mera denominación geográfica. Pozuelo era ya un pastel muy grande y jugoso, para que lo repartieran y se lo comieran solos los del pueblo. Y nos mandaron a unos hombres de paja, que sin oficio ni beneficio, sin saber nada de Pozuelo, ni de gobierno municipal, ni de política urbanística, desembarcaron en Pozuelo y tomaron posesión del ayuntamiento. Su experiencia se reducía a la actividad en la sede de Génova. Al principio aportaron buenas ideas. Todo cambio es necesario y trae aire fresco: dinamizaron la participación ciudadana, modernizaron la administración municipal e invirtieron con generosidad en la imagen del pueblo. Tres aspectos que, sin duda, Martín-Crespo había descuidado.
Pozuelo, desde la Transición, había salido pocas veces en los periódicos. Era un lugar tranquilo en el que vivían muchos periodistas de TVE y algunos famosos, como los ex presidentes de gobierno, que se venían a vivir aquí después de hacerlo en el Palacio de La Moncloa; La primera gran aparición en los medios sucede a principios de los ochenta, por los trágicos asesinatos de los Marqueses de Urquijo, aunque aparece vinculado a Somosaguas, que no se asociaba con Pozuelo. El crimen que sí se identificará con Pozuelo, en 2001, es el brutal asesinato de Arturo Castillo por el moldavo Pietro Arkan. En cuanto a la imagen política, a Martín-Crespo le hicieron al final una campaña interesada de alcalde corrupto, pero nada había más allá de que hizo todo lo legalmente posible para que la Clínica Quirón se instalara en Pozuelo, donde no teníamos ningún hospital. Se le podrán achacar muchas cosas, pero no que fuera un alcalde corrupto. Hoy, visto lo visto, pienso que, quizá por esa razón, le quitaron de en medio: era un estorbo para sus tejemanejes.
Ésta era la escasa imagen de Pozuelo en los medios, que hubiera sido otra cosa si TVE en vez de decir en sus programas “desde nuestros estudios en Prado del Rey” hubiera dicho “desde nuestros estudios en Pozuelo de Alarcón”. Pero siempre se negaron a hacer lo que sí hacían con San Cugat.
Con la llegada de los genoveses todo cambió respecto a nuestra imagen. Comenzaron a gastar enormes cantidades en campañas publicitarias, en Escénica, Animadrid, Navidad, Fiestas… Todo recurso era poco y teníamos anuncios en prensa, carteles, programas, vallas, atracciones, eventos, inauguraciones, primeras piedras, campeonatos, entregas de premios, copas, cócteles, folletos, revistas, mupis, opis y todo soporte publicitario y propagandístico que se pueda imaginar. Pozuelo era ahora… Finlandia. Imágenes idílicas y cursis, sobre supuestos ciudadanos de todas las edades, nos vendían una ciudad en tono kitsch y edulcorado, así como proezas del tipo “el árbol de Navidad más grande de España…”
Pura imagen. Nada detrás; nada más que dinero. El alcalde Sepúlveda era la mejor representación de este nuevo estilo, así como su principal explicación. Pero el castillo de naipes se vino abajo. Un vecino de la Estación, apellidado como el doctor Garzón, se lo llevó por delante, implicándolo en una trama de corrupción llamada Gürtel. Tuvo que dimitir, primero de alcalde y luego de concejal. Pozuelo, con sus vecinas Boadilla y Majadahonda, ocuparon las portadas de todos los diarios y los titulares de los principales telediarios. Ahora le sigue su mano derecha, la concejal Estrada, que ya fue imputada con Sepúlveda y que debería haber dimitido entonces. Pero el nuevo alcalde, Gonzalo Aguado, decidió darle su protección y la mantuvo en el cargo. Decidió hacer suya la envenenada herencia de su antecesor. Aguado se equivocó y ahora parece que lo pagará con un dudoso futuro político.
Pero el que realmente paga todo esto es Pozuelo. Además del daño en nuestra imagen por el lamentable espectáculo político del Partido Popular, Pozuelo ha vuelto a las primeras páginas por los incidentes juveniles de las fiestas patronales. Pozuelo se asocia ahora a una sociedad pija, consentida y caprichosa, con niños ricos que lo tienen todo, pero no valoran nada. La lacra social no es responsabilidad del ayuntamiento, pero sí el efecto llamada de la publicidad de las fiestas, la previsión de los incidentes que se venían larvando de otros años, así como la gestión del botellón y del orden público.
Es muy difícil construir una reputación, pero es muy fácil destruirla. En seis escasos años, los populares genoveses nos han cambiado radicalmente la imagen de Pozuelo que, más allá de un tranquilo lugar residencial de las clases pudientes madrileñas, se percibe hoy como sinónimo de corrupción y paradigma de una sociedad decadente y pija. Sabemos, además, que cambiar esto nos llevará muchos años y esfuerzos. Pongámonos a trabajar ya.
